Bangkok Café: Con los cinco sentidos en Tailandia sin salir de Les Corts

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No sabríamos decir si el Bangkok Café está en el top five de los mejores tailandeses de Barcelona (como afirman algunos blogueros de restaurantes de Barcelona) pero seguro que es uno de los más peculiares de la ciudad.

En primer lugar por su ubicación. No está en un barrio de moda de los que van sumando restaurantes imprescindibles sin parar y ni siquiera es fácil de encontrar. Está oculto en un pasaje semidesconocido (Passatge de Tubella) de ese semidesconocido barrio (en lo gastronómico) de Les Corts. Su puerta se oculta entre unos árboles y su letrero apenas se ve. Así que es posible haber pasado por esa calle varias veces y nunca haber reparado en él.

¡Error! Porque vale la pena detenerse en el Bangkok Café. Sin haber estado nunca en la capital tailandesa es difícil asegurarlo, pero las medidas diminutas del local, la cercanía física al resto de comensales, la inexistente insonorización y el intenso olor de la cocina hacen que te imagines allí: al sur de Tailandia.  

Y ese “viaje” a través de los sentidos (oído, vista, olor) tiene encanto. Hace que sientas, o al menos creas, que estás viviendo una experiencia lo más genuina posible teniendo en cuenta que no has salido de Les Corts.

El viaje, como no podía ser de otra manera tratándose de un restaurante, se completa con los otros dos sentidos que faltan: el gusto, sobre todo el gusto, y el tacto, que las texturas de los ingredientes tienen mucho que decir.

Porque otro de los factores de autenticidad de este restaurante es que no ocultan el picante: Si la comida tailandesa pica, deben pensar, vamos a enseñarles a estos europeos flojuchos cómo pica.  No hay problema, nos gusta el picante.

empanadillas--cafe---bangkok

Por eso nos dejamos aconsejar y probamos el pollo con crema de coco con curry panang y cacahuetes, el plato que la camarera eligió para nosotras de entre la extensa carta de curris que ofrece el restaurante. Como entrantes, aceptamos también las sugerencias de la casa: unas empanadillas de la casa con pollo (quizás demasiado densas) y un saté de pollo que se deshacía en la boca, un plato originario de Indonesia muy popular en otros países del Sureste asiático.  Lástima que no lo supimos maridar con el vino, un verdejo de la D.O. Rueda que nos costó digerir.

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